Por Madhuresh Kumar, Tejido Global de Alternativas
En los últimos años, la frase “transición justa” ha circulado por los pasillos de la política climática, desde las negociaciones internacionales hasta los planes energéticos nacionales. Sugiere una promesa: de equidad, de reparación, de alejarse de los combustibles fósiles sin dejar a nadie atrás. Pero bajo esta retórica atractiva se esconde una inquietud más profunda, especialmente en el Sur Global. ¿Quién está definiendo qué es “justo”? Y, más importante aún, ¿quién se beneficia?
El segundo seminario web de la serie del Tejido Global de Alternativas (TGA) puso el foco en África, con intervenciones de Alex Hotz, Hamza Hamouchene, Hibist Kassa y Muhammed Lamin Saidykhan, moderadas por Vasna Ramasar. Los ponentes señalaron que lo que se presenta como una “transición verde” es, en realidad, una forma renovada de extractivismo: sigue centrada en el lucro, el control y el despojo, solo que ahora envuelta en retórica verde.
Hamza Hamouchene (TNI) subrayó los vínculos entre colonialismo, guerra y extracción de recursos: “No podemos hablar de colonialismo—verde o de otro tipo—cerrando los ojos al genocidio en Palestina, o a las guerras en la República Democrática del Congo y Sudán, muchas de las cuales están directamente vinculadas al control de recursos y a las materias primas críticas necesarias para la llamada transición verde”. Sus palabras reflejaron la urgencia de situar los debates energéticos dentro de las luchas más amplias contra la violencia colonial. Esta sesión se construyó sobre el seminario anterior, que advirtió que la “transición justa” corre el riesgo de convertirse en una “simple fachada”: un pretexto para la expansión capitalista y las cadenas de suministro globales bajo el estandarte de la acción climática. Al enraizar la discusión en los contextos africanos, los panelistas mostraron cómo, desde la RDC hasta Sudáfrica, los grandes proyectos energéticos e infraestructurales a menudo dejan de lado a las comunidades a las que dicen servir. En lugar de poner a las personas en el centro, estos proyectos las tratan como un obstáculo o una nota al pie.
En su introducción, Vasna Ramasar enfatizó la necesidad de ubicar la transición justa dentro del proyecto colonial-capitalista, advirtiendo que, sin ello, la desigualdad se reproducirá simplemente en una versión más “verde”. En todo el continente, las tierras ricas en minerales están siendo repartidas para litio y cobalto; parques eólicos y solares reemplazan pastizales de pueblos pastores; y se acumulan nuevas deudas para financiar infraestructuras orientadas a los mercados de exportación. Estas dinámicas sitúan a África no como agente soberano, sino una vez más como proveedor de recursos para las potencias globales—continuando un patrón neocolonial ya conocido. El seminario puso en primer plano reflexiones críticas y experiencias vividas de activistas, investigadores y organizadores africanos. Rastreó cómo el supuesto rol de África en el “futuro verde” está moldeado por intereses globales, una gobernanza comprometida y desigualdades persistentes, al tiempo que destacó cómo los movimientos responden con desafío, creatividad y esperanza.
En muchos sentidos, la llamada transición verde simplemente ha desplazado las coordenadas del viejo proyecto colonial. Como dejaron claro los ponentes, África no está en transición; está siendo “transicionada”. Y los contornos de este proceso resultan inquietantemente familiares. Donde antes se extraían oro, marfil y caucho, hoy son el litio, el cobalto, el hidrógeno y otras “materias primas críticas” los que impulsan la carrera. El vocabulario puede haber cambiado—ahora enmarcado en términos de sostenibilidad, acción climática y descarbonización—pero la lógica subyacente de despojo y saqueo sigue siendo prácticamente la misma.
Hamza Hamouchene expresó con claridad esta continuidad: “Lo que se presenta como una solución climática es en realidad otra forma de extracción colonial; esta vez en nombre de la descarbonización. No estamos viendo un alejamiento del extractivismo, sino una intensificación del mismo”. Subrayó cómo las respuestas a la crisis climática están siendo determinadas por actores cuyo análisis está estructuralmente sesgado, al pasar por alto la clase, la raza, el género y el poder. Para Hamouchene, esto representa una nueva forma de orientalismo ambiental: una visión del mundo que una vez más posiciona a África como territorio de sacrificio, con sus recursos extraídos para alimentar la prosperidad de otros. Los jugadores familiares dominan este escenario: agencias de la UE, el Banco Mundial, USAID, GIZ y AFD. Pero estas instituciones no solo configuran políticas y financiamiento, también influyen en agendas de investigación, en la producción de conocimiento e incluso en la formación de jóvenes activistas ambientales, perpetuando una visión que legitima el colonialismo verde.
La discusión ancló estas críticas en ejemplos concretos. En la República Democrática del Congo, rica en cobalto y cobre, las corporaciones multinacionales refuerzan su control a través de acuerdos mineros sancionados por élites locales. En Marruecos y el Sahara Occidental ocupado, se imponen vastos parques solares y proyectos “verdes” mediante acaparamientos de tierras y desplazamientos forzados. El Plan de Implementación de la Transición Energética Justa (JET-IP) de Sudáfrica se citó como otra advertencia. Como explicó Alex Hotz de la Alianza WoMin, miles de millones de dólares se canalizan hacia proyectos de infraestructura que benefician a corporaciones privadas en lugar de a las comunidades. “Estamos construyendo infraestructura para que las empresas privadas obtengan beneficios, no para las comunidades”, observó. “Esta no es una transición del pueblo: es una transición privada”.
Las potencias occidentales no son las únicas que impulsan esta carrera extractiva. China, Rusia, los Emiratos Árabes Unidos y Turquía también profundizan su presencia, presentándose como socios mientras estructuran acuerdos que consolidan la dependencia y la deuda. Hibist Kassa señaló el caso de la mina de litio de Bikita en Zimbabue, antes controlada por Rio Tinto y BP, y posteriormente adquirida por una empresa china tras la pandemia. Lejos de encarnar una solidaridad Sur–Sur, este caso ejemplifica cómo nuevos actores reproducen las mismas dinámicas de conflicto por la tierra, despojo y daño ambiental. La complicidad de las élites africanas fue otro tema recurrente. Como enfatizó Vasna Ramasar: “No se trata solo de fuerzas externas, también tenemos a nuestros propios actores en el continente que están facilitando este modelo, a menudo en nombre del progreso”. Los panelistas instaron a ir más allá de los binarios simplistas Norte–Sur y a preguntarse: ¿quién dentro del Sur se está beneficiando realmente? Las lógicas extractivas del colonialismo verde se extienden más allá de la minería y la energía. La agricultura industrial, los monopolios de semillas corporativas y las iniciativas de “agricultura climáticamente inteligente” están reconfigurando los sistemas alimentarios africanos bajo la apariencia de sostenibilidad. Los regímenes de patentes y los transgénicos socavan la soberanía de las semillas mientras marginan las alternativas agroecológicas. “También debemos hablar de la colonización de la agricultura y los sistemas alimentarios”, insistió Hotz, “y de cómo la soberanía de las semillas y la justicia alimentaria están siendo comprometidas en esta transición”.
Algunas iniciativas, como la Estrategia de Minerales Verdes de la Unión Africana o los intentos de Zimbabue por procesar litio localmente, pueden parecer un quiebre con la dependencia de materias primas. Sin embargo, como advirtió Hibist, estos esfuerzos siguen atrapados en la misma lógica del desarrollo: a las comunidades se les niega el derecho a rechazar, las injusticias territoriales persisten y la devastación ecológica se justifica en nombre del crecimiento.
Lo que emerge es un panorama sobrio de un continente atrapado en una doble atadura: presionado a abastecer el futuro energético limpio del mundo mientras se le niega la soberanía para trazar su propio camino. Como subrayan los ponentes, el colonialismo verde no es sólo una metáfora sino una realidad material enraizada en trampas de deuda, acaparamientos de recursos y desigualdades globales persistentes. Lejos de prometer liberación, la transición verde corre el riesgo de reinscribir el papel subordinado de África en el orden global, a menos que las luchas por la justicia, la autonomía y las alternativas comunitarias puedan trazar un rumbo distinto.
Un hilo central que atravesó la sesión fue la crisis del Estado africano poscolonial: su capacidad, su captura y su complicidad. Como enfatizaron repetidamente los ponentes, la geopolítica del colonialismo verde no puede entenderse sin abordar las contradicciones internas de la gobernanza en África. Muhammed Lamin recordó a la audiencia que “África ha sido dividida en 55 Estados-nación, y esta fragmentación debilita gravemente nuestra capacidad de negociar colectivamente. A pesar de poseer casi el 40% de los minerales críticos del mundo necesarios para la descarbonización global, seguimos desorganizados y socavados por divisiones internas, corrupción y mal liderazgo. Esta desunión está siendo explotada por los mismos actores responsables de nuestra situación”. En otras palabras, la fragmentación y la captura de las élites facilitan que las potencias externas dicten los términos de la llamada transición.
Hibist Kassa, investigadora del Institute for Environmental Futures de la Universidad de Leicester, profundizó en este diagnóstico señalando cómo décadas de liberalización han vaciado la propia capacidad de los Estados. “Nos quedamos con Estados que ya no gobiernan, sino que simplemente mandan”, observó. Las agencias reguladoras han sido despojadas de recursos, el monitoreo es mínimo y la formulación de políticas está cada vez más dictada por donantes e inversionistas. Señaló la Visión Minera Africana, —alguna vez presentada como un marco continental progresista— como un caso revelador: su implementación significativa ha estado ausente, mientras que herramientas de consulta como el Consentimiento Libre, Previo e Informado siguen siendo en gran medida simbólicas. Incluso iniciativas que comienzan con buenas intenciones suelen terminar capturadas por el capital global, como lo ilustra el reciente plan de la UE para financiar un corredor de litio entre Sudáfrica y la RDC. En la práctica, esto pasa por alto la toma de decisiones locales y ata más estrechamente los recursos africanos a las estrategias industriales europeas. “Incluso cuando hay intentos de cooperación entre países, como la RDC y Zambia, estos son superados por actores externos que financian el proceso y lo dirigen para servir a sus propios intereses”, concluyó.
La discusión también subrayó las profundas injusticias de la pobreza energética en medio de la riqueza de recursos. Alex Hotz recordó a los participantes que más de 600 millones de africanos aún viven sin acceso a electricidad, y sin embargo el continente está presionado a descarbonizar principalmente para servir al Norte Global. Advirtió que el Plan de Implementación de la Transición Energética Justa (JET-IP) de Sudáfrica ejemplifica esta lógica distorsionada: canaliza miles de millones hacia infraestructuras que consolidan la deuda y la dependencia, mientras dejan de lado servicios públicos esenciales. En Mpumalanga, señaló, las comunidades están siendo cargadas con nuevas deudas para proyectos que generan ganancias a empresas privadas, no para hospitales, escuelas o transporte asequible. “Se les está pidiendo a los africanos que asuman deudas por una transición de la que ni siquiera nos beneficiamos. Es una estafa; una estafa vestida de verde”.
Estas críticas resonaron con los temas de seminarios previos del TGA, que expusieron cómo las “transiciones justas” a menudo enmascaran la continuación de modelos de desarrollo neoliberales: enfoques centrados en el mercado, gobernanza de arriba hacia abajo y exclusión sistemática de las comunidades en primera línea. En el contexto africano, sin embargo, la crisis del Estado agudizó estas críticas. Aquí, el problema no es solo la capacidad limitada, sino también una profunda falta de voluntad política. Muchas élites gobernantes están profundamente entrelazadas con los circuitos globales de capital, beneficiándose personalmente de proyectos extractivos. Como lo expresó claramente Vasna Ramasar: “Debemos ser honestos: nuestros Estados no son inocentes. Están capturados. Y muchas de nuestras élites son cómplices del colonialismo verde”.
Ejemplos de Sudáfrica hicieron evidente el punto. Hotz describió cómo el Plan de Recuperación y Desarrollo Económico del gobierno ha allanado el camino para apoderarse de miles de hectáreas de tierras comunitarias para plantas de hidrógeno y minas de litio en el Cabo del Norte. A pesar de la escasez crónica de energía, más del 80% de la electricidad de estos proyectos está destinada a la exportación—alimentando barcos y aviones en lugar de iluminar los hogares sudafricanos. Esta contradicción ilustra cómo el Estado, en lugar de atender las necesidades domésticas, prioriza los mercados globales y los intereses de las élites. Esta incómoda realidad llevó la discusión a una pregunta crucial: si no se puede confiar en el Estado para garantizar una transición justa, ¿a dónde acudimos? Las respuestas no surgieron de la desesperación, sino de la resistencia. Los ponentes enfatizaron la necesidad de construcción de movimientos, resistencia de base y creación de espacios democráticos desde abajo. Solo mediante la organización autónoma, argumentaron, las comunidades pueden recuperar poder y asegurar que las transiciones sirvan al pueblo en lugar de perpetuar ciclos de dependencia y despojo.
Al cierre del seminario, la conversación se desplazó hacia la resistencia y las alternativas. Si el colonialismo verde es el diagnóstico, ¿qué estrategias de resistencia están surgiendo desde África? ¿Qué respuestas políticas, culturales y de construcción de movimientos pueden trazar un camino diferente? Hamza Hamouchene fue claro: el sistema capitalista que alimenta al Norte Global debe ser desmantelado, y los muros entre movimientos derribados. “La gente nunca es víctima pasiva”, recordó. “Cuando enfrenta la injusticia—ambiental, económica, política—la gente resiste. Se organiza. Se levanta una y otra vez. Puede ser reprimida o derrotada temporalmente, pero no permanece en silencio. Esto es lo que hemos visto en Palestina y en tantos otros lugares del mundo”.
Muhammed Lamin Saidykhan de CAN International añadió: “Nos han dividido en activistas de género, activistas climáticos, activistas de la tierra. Pero sin unificar nuestra fuerza, poder y conocimientos, no podremos cambiar esto. Debemos organizarnos de manera agresiva y deliberada—afinando nuestro análisis, construyendo alianzas transfronterizas y recuperando la soberanía política, económica y ecológica. Solo entonces podremos forjar nuestro propio futuro, en lugar de ser sacrificados por la transición de otros”. Este llamado a la unidad resonó en todo el panel. Los ponentes instaron a construir alianzas entre sindicatos, ambientalistas, pueblos indígenas y comunidades campesinas en una era de apartheid climático. Alex Hotz subrayó la necesidad de involucrarse con preocupaciones concretas sobre empleo y dignidad: “Si no respondemos a las verdaderas preguntas que tienen campesinos, trabajadores y comunidades, no lograremos que se sumen a nuestra visión. Sin su plena participación, cualquier transición imaginada seguirá siendo parcial y desconectada”. Para ella, la resistencia debe vincular las luchas de supervivencia con cuestiones más amplias como el extractivismo, la agricultura, la deuda y los servicios públicos—asegurando que los “empleos verdes” sean públicos, socialmente útiles y no simples mecanismos de lucro privado.
Hibist Kassa enfatizó la necesidad de desafiar las jerarquías del conocimiento y la gobernanza tecnocrática: “La experticia es a menudo el vehículo silencioso del despojo. Debemos cuestionar de quién es el conocimiento que cuenta y garantizar que las comunidades definan los términos del debate”. Citó el rechazo de los transgénicos en Malí mediante deliberación popular como un ejemplo de agencia colectiva en acción. La conversación terminó con un llamado más amplio a reimaginar el Estado africano poscolonial—no como una extensión de órdenes coloniales o neoliberales, sino como un espacio de poder popular y solidaridad panafricana. Como citó Hibist a Kwame Ninsin: “Nuestras élites no gobiernan, mandan. Y mandan al servicio de la acumulación, no de la liberación”.
La llamada “transición justa” es, a menudo, cualquier cosa menos justa. En lugar de desmantelar las estructuras que durante mucho tiempo han permitido el saqueo colonial, la dependencia económica y la violencia ecológica, corre el riesgo de reforzarlas bajo una nueva capa de pintura verde. A lo largo de las discusiones, se advirtió claramente que el futuro de África se está negociando en salas de juntas y cumbres de las que las comunidades africanas están ausentes. Desde la carrera por los minerales críticos hasta los planes de transición impulsados por la deuda, desde el silencio en torno a la tierra y los sistemas alimentarios hasta el borrado de saberes y culturas indígenas y campesinas, los ponentes desnudaron una realidad contundente: la actual transición energética no es una ruptura con la historia, sino una continuación de la lógica colonial y capitalista. Y, sin embargo, lo que también quedó claro es que la resistencia está viva. Ya sea en luchas populares contra la minería y el acaparamiento de tierras, en las críticas sindicales a la privatización de la energía, o en la resistencia cultural e intelectual contra el gobierno tecnocrático, las voces africanas no solo están exponiendo las contradicciones, sino también recuperando agencia. Como concluyó acertadamente Vasna Ramasar: “Se trata de reconocer quién está en la mesa y quién debe estar en la mesa. Y también de darnos cuenta de que quizá necesitamos construir mesas nuevas por completo”.