Otras Energías, Otros Mundos: Repensar las Transiciones hacia Alternativas Pluriversales
Sistemas solares pasivos y activos en el Instituto Himalayan de Energía Alternativa, Ladakh @ Ashish Kothari
Vivimos tiempos paradójicos. Como hemos discutido en ediciones anteriores de esta revista, la crisis climática se ha vuelto cada vez más visible e innegable. Sin embargo, cuanto más claros aparecen sus impactos, más lejos parecemos estar de encontrar una verdadera salida al colapso civilizatorio que la produjo. La ilusión de un solo mundo guiado por el progreso y el desarrollo se ha derrumbado. Hoy, el capitalismo ya no se sostiene principalmente a través de la producción, sino mediante la canibalización de la reproducción: devorar, destruir y sacrificar para generar ganancias. La dialéctica del valor y del desecho atraviesa todas las dimensiones de la vida, revelando que el sacrificio no es una anomalía ni una “externalidad”, sino el ADN mismo del capitalismo. Desde Gaza —epítome brutal del colonialismo de asentamiento y del colapso de las promesas liberales de multiculturalidad y reconocimiento— hasta los territorios transformados en enclaves extractivos —en el Norte y en el Sur por igual— en nombre de una “transición verde”, lo que está en juego es nada menos que el fin de las promesas de la modernidad y la menguante hegemonía de Occidente.
Sin embargo, el declive de la modernidad capitalista no es motivo de celebración. Como han advertido pensadores como Nancy Fraser, Mackenzie Wark, Gustavo Esteva y Anselm Jappe, la crisis de este sistema puede conducir no a la emancipación, sino a regímenes más violentos, canibalísticos y necropolíticos. Gaza ofrece un anticipo de ese futuro, ejemplificando lo que el académico y activista indígena Kyle Powys Whyte denomina una epistemología de la crisis: un modo mediante el cual el capitalismo legitima nuevas incursiones coloniales y una explotación más profunda de la vida reproductiva bajo el disfraz de la necesidad.
Ningún ámbito muestra esto con mayor claridad que el de la energía. Partiendo de la primera discusión que tuvimos en el número 15 de esta revista titulado "La cuestión energética: de la modernidad colonial a las alternativas descolonizadoras" este número busca enfocarse en comprender la forma en las que la energía juega un papel central para comprender y a su vez identificar caminos fuera del atolladero que supone la crisis estrcutral del capitalismo. Aquí se impone un nuevo “no hay alternativa” a través del discurso de la “transición” hacia las llamadas energías renovables. Elevada como un imperativo humanitario global, esta transición reafirma—en lugar de desmantelar—los marcos violentos de extracción, militarización y despojo que siempre han definido al capitalismo. Como recuerda el historiador ambiental Jean-Baptiste Fressoz (2024), el propio término transición es una “palabra plástica”: una ficción maleable nacida de la gobernanza neoliberal. Los regímenes energéticos nunca han consistido en sustitución, sino en acumulación. La madera dio paso al carbón sin ser abandonada; el petróleo se sumó al carbón; y hoy las “renovables” se agregan sin desplazar a los combustibles fósiles, cuyo dominio en términos absolutos se ha mantenido prácticamente inalterado durante décadas. La mitología de un corte limpio, la idea de una “era” de diferentes fuentes (madera, carbón, petróleo o nuclear) o de una marcha del “pasado sucio al futuro verde”, forma parte de la ideología de progreso de la modernidad.
El fetiche de las “renovables” oscurece la continuidad del extractivismo, como si las nuevas tecnologías pudieran borrar las historias de violencia inscritas en sus infraestructuras. Ivan Illich advirtió hace tiempo sobre concebir la energía como una unidad conmensurable —algo abstraído en kilovatios, medible e intercambiable— porque tal equivalencia borra la abundancia irreductible de la vida. Bajo el capitalismo, la propia categoría de “energía renovable” convierte formas relacionales de subsistencia en escasez y mercancía, encerrando la vitalidad en la lógica de la acumulación.
Esta mitología también oculta que cada régimen energético (la manera en que el capitalismo organiza las relaciones economía-naturaleza) se ha forjado a través de la violencia imperial, la expansión capitalista y el control social. La energía no es simplemente un recurso técnico; es un proyecto político y espacial, un medio de organizar la vida y el trabajo. Desde la máquina de vapor que impulsaba las plantaciones coloniales, hasta las represas hidroeléctricas que inundan territorios indígenas, pasando por la extracción de litio bajo protección militar, las infraestructuras energéticas siempre han estado entrelazadas con jerarquías de raza, clase, género y androcentrismo. La transición verde actual continúa esta trayectoria: la carrera global por minerales baratos, tierras y trabajo en nombre de la descarbonización revela que es la acumulación—y no la emancipación—la que guía su curso.
En este contexto, emergen formas alternativas de concebir la vida y la energía. En Relacionalidad, Arturo Escobar, Michal Osterweil y Kriti Sharma (2025) proponen una comprensión de la existencia que se aparta de las separaciones impuestas por la modernidad/colonialidad. La relacionalidad nombra un modo de ser, conocer y actuar basado en tramas de interdependencia entre humanos, no humanos y el mundo más-que-humano. No se trata simplemente de vínculos sociales, sino de reconocer que la vida misma surge a través de la reciprocidad, el cuidado y la co-creación. La relacionalidad ofrece así tanto una ontología como una ética: un desafío al dominio, la posesión y la extracción, y una afirmación de la convivialidad y el sostenimiento mutuo.
Es crucial subrayar que la relacionalidad no es una filosofía abstracta, sino una práctica vivida, enraizada en tradiciones indígenas, comunitarias e insurgentes que han persistido a pesar de siglos de violencia colonial. Encarnar la relacionalidad significa confrontar las fracturas y separaciones impuestas por la modernidad capitalista —entre naturaleza y cultura, cuerpo y mente, individuo y comunidad— y nutrir prácticas de reciprocidad y coexistencia pluriversal. En este sentido, la relacionalidad cuestiona directamente la abstracción de la energía en unidades conmensurables, re-anclándola en el territorio, la memoria y el cuerpo.
Mientras tanto, la desorientación creada por las crisis superpuestas alimenta otras corrientes más oscuras. Las teorías de la conspiración, el populismo climático y las narrativas ecofascistas canalizan la desesperación hacia nostalgias racistas y patriarcales. No se trata de fenómenos marginales, sino de estrategias políticas que instrumentalizan las crisis con fines reaccionarios. Frente a ello, comunidades de todo el mundo insisten en que la energía no se reduce a la termodinámica ni a números en una red. La energía siempre es relación: con el territorio, con la historia, con el cuerpo, con la memoria, con la lengua, con la autonomía. Nunca es solo oferta y demanda: es sentido, resistencia y (re)existencia.
Este número del Periódico del TGA reúne contribuciones que encarnan esta relacionalidad. Después de una actualización del TGA, nuestros Tejedores y Adherentes, el número comienza con Arturo Massol Deyá quién cuenta la historia de Casa Pueblo en Puerto Rico, donde una insurrección energética ha construido microrredes comunitarias como forma de soberanía y justicia, mucho más allá de una mera sustitución tecnológica. Esperanza Martínez revisita la lucha de más de una década que culminó en el referéndum de Ecuador en 2023 para mantener el petróleo bajo tierra. Ella muestra cómo Yasuní se ha convertido tanto en un símbolo de posibilidad utópica como en una heterotopía de sacrificio, revelando las contradicciones del extractivismo mientras abre horizontes para la defensa de la vida y el territorio. Alex Jensen revisita la noción de tecnología apropiada, arraigada en culturas tradicionales y en principios de suficiencia y cooperación, como un contrapunto radical al mito del progreso de alta tecnología.
Desde Chile, María Paz Aedo y Gabriela Cabaña nos guían por desiertos y estepas amenazados por megaproyectos de “hidrógeno verde”, mostrando cómo pueblos indígenas como los changos nos recuerdan que “la Patagonia ya es verde”. Madhuresh Kumar reporta y reflexiona sobre la serie de seminarios La geopolítica de las transiciones energéticas y las zonas de sacrificio emergentes, organizada por el TGA. En ella, Kumar discute el caso de países africanos y sus luchas, donde la “transición justa” suele disfrazar nuevas formas de saqueo colonial, y donde los movimientos se levantan para reclamar futuros desde abajo.
Otros textos ofrecen alternativas enraizadas. Neelakshi Joshi y Ashish Kothari describen la situación en Ladakh, donde innovaciones solares impulsadas por las comunidades y demandas de autonomía chocan con la imposición desde arriba de megaproyectos por parte de India, planteando la pregunta fundamental: ¿quién decide el futuro de la energía? Erik Post y Marisol Rosas nos llevan a la Sierra Nororiental de Puebla, donde las cooperativas Tosepan experimentan con energía para yeknemilis —energía para el buen vivir— a través del diseño participativo de tecnologías sociales que sirven a la vida y no al capital.
Finalmente, en las últimoas dos entradas. Cristine Dann reseña el reciente libro de Jean-Baptiste Fressoz More and More and More: An All-Consuming History of Energy junto con More Everything Forever. AI Overlords, Space Empires, and Silicon Valley’s Crusade to Control the Fate of Humanity de Adam Becker, exponiendo la narrativa engañosa de la transición, rastreando las continuidades del extractivismo y las fantasías de las utopías tecnológicas de Silicon Valley. Mientras que Madhuresh Kumar reflexiona sobre la conversación entre Galina Angarova y Carlos Tornel, “Reclaiming Energy, Reimagining Power”, en un espacio del Liminality Network, que llama a una reorientación ontológica: tratar la energía como común, memoria y cuidado, en lugar de mercancía.
Los hilos que atraviesan este número son claros. Lo que se presenta como una “transición” energética no desmantela la máquina fósil, sino que la expande bajo nuevos disfraces. Bajo el capitalismo, “renovable” no significa justo: simplemente renueva el ciclo de sacrificio y despojo. Pensar la energía implica ir más allá de los kilovatios, más allá de la gramática de la conmensurabilidad, y recuperarla como una relación vital con la tierra, el cuerpo, la memoria y la comunidad. Las experiencias reunidas aquí nos recuerdan que las verdaderas alternativas no provienen de las cumbres climáticas ni de los mercados, sino de los territorios: en Adjuntas, en la Patagonia, en Puebla, en Ladakh, en Sudáfrica y en Palestina. Todas insisten en que la energía no es un insumo abstracto, sino una forma de vida inseparable de la justicia y la dignidad. En esta época de crisis de sentido y de ascenso de nuevas formas de ecofascismo, lo que está en juego no es solo cómo producimos electricidad, sino cómo producimos mundos. Que este número sirva para fortalecer la convicción de que otras energías —comunitarias, suficientes, pluriversales— no solo son posibles, sino que ya están vivas.